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2022/03/02

Discurso de Aitor Esteban sobre la situación en Ucrania en la sesión plenaria del Congreso de los Diputados el 2 de marzo de 2022

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Discurso de Aitor Esteban sobre la situación en Ucrania en la sesión plenaria del Congreso de los Diputados el 2 de marzo de 2022 

Señoras diputadas, señores diputados, presidente:

El pasado día 23 de febrero señalé en la reunión de la Comisión de Exteriores que la geopolítica mundial iba a cambiar definitivamente y que debíamos prepararnos. Pero debo decirles que estoy impresionado por la velocidad a la que lo está haciendo. Estamos asistiendo, en el plazo de apenas una semana, a un cambio de paradigma insospechado, tanto en las relaciones a escala mundial como en la dimensión interna europea. La evolución concreta de este conflicto perfilará hasta dónde llegarán los cambios concretos que veremos en el futuro, pero, en cualquier caso, pronto nos encontraremos ante un mundo diferente al que conocíamos al iniciar este año. ¿Necesitábamos los europeos sentirnos tan amenazados para descubrir que un futuro con una Europa desunida solo nos llevaba precisamente a la ausencia de futuro, a ser absolutamente irrelevantes, a un imparable declive? Todavía el 13 de febrero asistíamos a las disensiones europeas habituales: Scholz amedrentado por el suministro de gas y el futuro del Nord Stream 2, tanto como Draghi, que hablaba directamente con Putin. Cada uno por su lado, con la equivocada sensación de que, una vez más, Moscú no iba a dar el paso, de que la inteligencia de Estados Unidos exageraba; cada país defendiendo sus intereses. Viento en popa para Putin, todo sobre el guion que se ha encargado de atizar durante la última década, alimentando intereses económicos personales de dirigentes europeos, interfiriendo a través de Internet en la propaganda electoral de los países democráticos, sembrando la cizaña de la división, cultivando y financiando el caballo de Troya del autoritarismo. Muchos países le veían como referente. Le Pen, Orbán Salvini… Todavía no se han apagado en el recuerdo los rescoldos de la reunión de todos los líderes ultraderechistas en Madrid convocados por VOX.

Estamos asistiendo a unos acontecimientos históricos e insospechados, a todo un cambio de paradigma. Quien no lo vea así, tiene ceguera. Porque el conflicto ruso-ucraniano trasciende a los combates militares entre ambos. Estamos hablando de nuestra seguridad, de una Rusia cada vez más agresiva que busca un nuevo orden mundial expandiéndose en Siria, en Libia, en la República Centroafricana, en Chad, en Mali, defendiendo un modelo autoritario que tiene como reflejo y aliado a China. Estamos decidiendo si hay que estar callado ante una potencia nuclear que amenaza explícitamente con usar ese poder y llegar hasta las últimas consecuencias ―como dijo Putin―, algo que nunca hubiéramos pensado que ocurriría. Un dirigente político que pretende basar su poder y su audacia en el miedo que nos inflige. Ha elevado la apuesta y está dispuesto a llevar a cabo una guerra a gran escala. Esa es una nueva realidad a la que el mundo occidental deberá hacer frente. Grande tiene que ser la amenaza para que Alemania abandone su política de rechazo al envío material bélico, política procedente de la desmilitarización y mala conciencia de la Segunda Guerra Mundial. Enorme debe ser la amenaza para que Suiza abandone sus doscientos años de neutralidad. Putin mintió; él y solo él es el responsable de lo que está ocurriendo. Movilizó sus tropas a lo largo de la extensa frontera con Ucrania, incluso en Bielorrusia, quejándose del histerismo occidental que hablaba de un posible ataque. Anunció que retiraba tropas y no era cierto. Prometió al presidente Macron no atacar objetivos civiles y lo está haciendo, y según varias informaciones, está utilizando bombas, termobáricas o de vacío. El discurso de Putin del lunes 21 de febrero fue claro. No se trata de la OTAN, se trata de que Ucrania es, según él, una parte de Rusia, la Rusia eterna, sea esta zarista, estalinista o putinista. Y pensar que algunos aún piensan que defendiendo a Putin siguen defendiendo a la URSS y a su ideología, solo por el hecho de que confronta con la OTAN. Putin comunista…

El día 23 de febrero, víspera de la invasión, algunos en este Parlamento, en la Comisión de Exteriores, seguían hablando, como si nada fuera pasar, de la necesidad de crear un colchón desmilitarizado entre Rusia y la Unión Europea. ¿En serio se pueden creer que las repúblicas bálticas o Polonia van a renunciar a ser miembros de la OTAN? Nadie les obligó a integrarse en ella, a diferencia de lo que ocurrió con el Pacto de Varsovia. Lo hicieron porque sabían —saben— que es la única manera de evitar que Rusia vuelva a engullirlas. ¿Con qué legitimidad podemos, quienes defendemos la autodeterminación de los pueblos, pedirles a los bálticos o a los polacos que se desarmen conociendo su historia? Colchón y desarme. Por favor, ¡si Putin está moviendo las ojivas nucleares a Bielorrusia! Lean el mensaje de la izquierda lituana, del 27 de febrero: Queridos camaradas ―comenzaba―, la OTAN y la UE son ahora la única esperanza para un país como Lituania.

También algunos repiten la cantinela alentada por Putin de que los ucranianos son unos nazis y envían una y otra vez las mismas tres fotos del infame batallón Azov. Pero ninguno de esos grupos extremistas ha conseguido nunca tener un representante en el Parlamento ucraniano y menos en el Ejecutivo. Lo quieran o no, con sus defectos, el Gobierno ucraniano es un Gobierno democrático y su presidente, Zelenski, además de tener origen judío, era la paloma que se presentó defendiendo buscar un acuerdo para el Dombás frente al halcón Poroshenko. ¡Claro que hay algunos nazis en Ucrania, como en todas partes! De ahí a deducir que el Gobierno y el pueblo ucraniano son nazis hay un salto inaceptable. Porque en este Parlamento haya gentes que defienden la dictadura franquista, no se puede deducir que España sea un Estado totalitario y fascista, como tampoco que porque haya quienes han defendido la acción totalitaria y asesina de ETA, los vascos sean todos unos terroristas. Y tampoco, hay que decirlo claro, ha habido un genocidio estos últimos ocho años en el Dombás perpetrado por Ucrania. Evidentemente, ha habido enfrentamientos y bajas en ambos bandos, pero es imposible que haya habido un genocidio oculto habiendo estado la OSCE sobre el terreno, con numerosos observadores desde 2015 hasta el día de ayer, en que se retiró.

Lo que debería preguntarse Rusia es cómo es que los antiguos territorios de la URSS donde ha llegado la democracia quieren alejarse lo más posible de Rusia y rechazan cualquier tipo de asociación con ella. Debería preguntarse por qué resulta tan poco atractiva y si el miedo debe ser en el siglo XXI lo que ligue a los pueblos. También debería preguntárselo China. Y no, no, esto no va o no debería ir, en mi opinión, de la defensa de las inalienables fronteras de un país. Va del respeto a la voluntad popular, porque estamos en el siglo XXI y es únicamente de esta manera como pueden resolverse los conflictos. Ucrania celebró un referéndum de independencia en 1991 y el apoyo a la misma fue abrumador: votó el 92 % de la población y el 82 % lo hizo a favor de la independencia, incluso en el Dombás, donde el 76 % votó favorablemente. Y, si me apuran, en Crimea, donde lo hizo el 55 %. No sé si hoy la opinión de los habitantes del Dombás es la misma, pero lo que tengo claro es que nadie debería decidir sino ellos; tanto los más de un millón de habitantes que huyeron como refugiados internos a otros lugares de Ucrania como quienes se quedaron. Para eso podría haber servido Minsk. Pero nadie les ha preguntado ni ha habido ningún interés en hacerlo.

Es muy simplona, pero recurrente, la idea de que en Ucrania los rusohablantes son gentes que directamente apoyan a Rusia. Quien diga esto no tiene ni idea de cómo son las cosas en aquellas naciones que han sufrido imposiciones por otras más fuertes, que han visto cómo su idioma era excluido de la escuela o de la Administración y expulsado de los ámbitos cultos con la excusa de ser pueblerino e inválido para la vida moderna. Eso pasó con el ucraniano hasta su despertar con Shevchenko en el siglo XIX, y también pasó con el euskera. Conozco a muchos vascos que no hablan euskera pero son independentistas convencidos; conozco también a vascos de ocho apellidos y que dominan el idioma que se sienten españoles. La vida de las naciones subyugadas, minorizadas, es compleja. La historia de Ucrania desde el Rus de Kiev está repleta de episodios en que sus territorios se encontraban bajo el dominio mongol, tártaro, lituano, polaco o ruso y más o menos en sus dimensiones actuales tuvo un breve período de cuatro años de independencia como República Popular Ucraniana antes de ser absorbida por la URSS. Y, por supuesto, ha sido independiente los últimos treinta años, pero eso no es lo relevante para defender su derecho a seguir siéndolo; lo relevante es la voluntad actual del pueblo.
Putin podrá negar al pueblo ucraniano que es una nación, pero nunca conseguirá dictarles cómo se sienten, como tampoco se lo dictará nadie a los vascos. Ese ‘tú eres ruso porque lo digo yo’ me suena muy familiar. Desde luego, el pueblo ucraniano, con la defensa de su territorio, ha respondido alto y claro, expresando cuál es su sentimiento nacional. Les confieso que ante las dudas europeas pensé que se les iba a dejar solos; que, como dijo Rousseau a los polacos en el siglo XVIII, les iban a engullir y lo único que podían hacer era procurar que no les digirieran. Pero a fe que se están resistiendo vivamente a ser devorados. Creo que su esfuerzo en las jornadas iniciales galvanizó a las cancillerías europeas, que esos días no daban un duro por ellos, hay que decirlo claro. Confieso que nunca pensé que las sanciones económicas fueran sino meras cosquillas. El nivel de las adoptadas es un hito, es algo nunca visto; es un antes y un después en las relaciones internacionales y la defensa de la paz.

Sin embargo, estamos asistiendo a otro paso importante y cuestionado desde algunos sectores: la ayuda a Ucrania con armamento. A mi entender, el dilema es sencillo. Queremos hacer realidad el «No a la guerra», pero no sirve solo con desearlo muchísimo y hacer manifestaciones. Si Rusia deja de combatir, no hay guerra. Si Ucrania deja de combatir, no habrá más Ucrania. La guerra siempre es rechazable, pero si hay algo que justifica en el derecho internacional el uso de la fuerza es, precisamente, la defensa ante una agresión real y no provocada. Si queremos que sean los ucranianos quienes combatan por nosotros no les podemos dejar solos, tendrán que contar con medios. Viene a cuento porque lo vivimos en nuestras carnes durante la Guerra Civil. El bloqueo marítimo que impusieron el Reino Unido y Francia en el Cantábrico por el pacto de no intervención impedía el suministro de armamento a Euskadi y a la República, mientras los franquistas recibían el apoyo incondicional del Eje. Euskadi tuvo que defenderse de la agresión en inferioridad de condiciones, y la situación fue generada por las democracias europeas. No podemos caer en el mismo error. Una cosa es intervenir de manera directa militarmente, lo cual puedo entender que sea el último paso dadas las implicaciones y derivadas que podría acarrear, y otra es dejar indefenso a un país que está repeliendo una agresión y que lo hace de manera indirecta también por nosotros. Entiendo que sea más conveniente hacer ese aprovisionamiento de manera coordinada desde la Unión Europea, en vez de a partir de la decisión unilateral de un país, pero eso no puede ser una excusa para no hacer nada.

Presidente, usted ha rectificado hoy su posición y me parece correcto, porque solo con hospitales de campaña, vendas y chalecos antibalas no se repele semejante agresión. Putin probablemente esperaba que esto fuera, como dicen sus portavoces, una operación especial, algo a resolver a velocidad de centella mientras el miedo paraliza a tus adversarios. El problema es que si te has tirado un farol basándote en el miedo, y hasta Suiza se te enfrenta, te has pasado de frenada.

En mi opinión, en primer lugar, la UE debe ser contundente en su determinación y consistente en su apoyo a Ucrania, sin fisuras y manteniendo las medidas adoptadas hasta el final y reforzándolas, si es posible. En segundo lugar, si las medidas dan resultado ―y confiemos en ello―, como dice el refrán, a enemigo que huye, puente de plata. Si Rusia retrocede hay que ofrecerle una salida; a Rusia, que no es lo mismo que decir a Putin. En tercer lugar, esta experiencia demuestra que hay que reforzar las estructuras de defensa y toma de decisiones en materia de política exterior de la Unión Europea. Se acabó la Europa débil, incapaz de tomar iniciativas ―o eso quiero pensar al menos―. Así como el COVID mostró la necesidad de una menor dependencia de la Unión Europea en la producción e investigación de terceros países en el ámbito sanitario, esta crisis debe servirnos para mejorar de manera permanente los mecanismos europeos en cuanto a política exterior, defensa y economía.

En este sentido, también le urgimos, presidente, a que impulse en el seno de la UE la toma de decisiones estratégicas que puedan paliar la crisis de suministros y la escalada de precios que va a suponer esta situación, más allá de aquellas medidas que puedan adoptarse internamente. Por cierto, no será porque no advirtiéramos a su Gobierno que prestara más atención al gas como elemento de transición, ha tenido que ser una guerra la que vaya a mover su política en esta materia.

Lo que no es de recibo, presidente, es que usted dedique entre diez y quince minutos de su intervención a exponer una miríada de medidas en un denominado plan de respuesta a la guerra sin tiempo para poder evaluarlas. Señor presidente, la emergencia común, como lo ha denominado usted, se afronta en común, pero, como siempre, ha hecho lo contrario. Se ha lanzado sin consultar con sus posibles apoyos parlamentarios. No soy capaz en estos momentos de evaluar las medidas que ha anunciado. El señor Bel parece que algo, pero yo no soy capaz, sinceramente, iban una detrás de otra y, además, algunas no suenan a nuevas ni a relacionadas con el conflicto. Por lo tanto, ya veremos, y entiendo que ya lo discutiremos también en Pleno. Pero hoy aquí, ni era el día, ni era el tema, y menos con los quince minutos tasados de intervención que tenemos los grupos parlamentarios, que no así usted.

Presidente, debe prestarse atención al flujo de refugiados de guerra que se va a producir. El drama humano debe ser parte importante de nuestra actuación. Saludamos que vaya a activarse la directiva de protección temporal. Urgimos a todas las instituciones a que colaboren en esta tarea, como ya lo está haciendo el Gobierno vasco.

Termino. Planteada la lucha entre la democracia y el totalitarismo, entre el mundo libre y las autocracias, entre los derechos humanos y la fuerza, entre la voluntad de la ciudadanía para decidir su futuro y la imposición de regímenes por la fuerza, el Partido Nacionalista Vasco estará siempre del lado de lo primero: la democracia, el mundo libre, los derechos humanos y la voluntad de la ciudadanía para decidir su futuro. La Unión Europea, la Alianza y su Gobierno tienen todo nuestro apoyo, señor presidente.

Muchas gracias.

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